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En la Antigüedad, los pueblos celtas y grecolatinos consideraban que en el punto mas occidental de Europa, es decir, en la antigua Galaecia romana, estaba situado el fin de la tierra de los vivos y el comienzo del Mar Tenebroso, el terrible Mar de los Muertos donde comenzaba el reino del dios Plutón, y donde el sol se sumergía cada tarde para viajar por los oscuros reinos del inconsciente humano. Por esa razón, al promontorio de los Artabros lo llamaron “Finis Terrae”, o fin de la tierra, y aún a aquella costa se le llama “Costa de la Muerte”.

Para los celtas, la misteriosa y mágica isla de Avalon se encontraba situada en el lejano norte, y hacia allí marchaban los guerreros en su último viaje, y hacia allí también navegó el herido rey Arturo en compañía de las valkirias; y la tradición de ese paraíso occidental, de esa tierra mágica llega también al medioevo cristiano con la leyenda de la isla de San Brandan.

El monje irlandés san Brandan, partió en el s. VI d.C. en busca del paraíso terrenal, que creía situado en el lejano norte. Según las crónicas, tras ocho años de navegación, encontró la bendita “tierra de promisión”, donde los hombres más sabios y los ángeles vivían junto a Dios. Y esta leyenda, con sus variantes, recorre toda la costa atlántica desde Irlanda hasta Canarias.
Pero también los celtas marcharon siguiendo rutas muy determinadas hacia el occidente europeo, rutas señaladas por los asentamientos del misterioso dios LUG, que de siempre estuvieron asociados a viejos templos megalíticos y a centros de poder. Curiosamente, cuando llegan a las orillas del Atlántico, se hacen sedentarios y se mezclan sin problemas con los pueblos aborígenes, adoptando incluso su religión y tradiciones mágicas. ¿Se sintieron identificados de alguna manera con tradiciones y pueblos que, en el fondo, tenían el mismo origen que ellos?
Pero aun antes de la llegada de los celtas, una tradición asegura que allí mismo fue donde Hércules dio muerte al gigante Gerión apoderándose de sus áureas vacas, y bajo la actual torre que lleva su nombre, descansarían los restos del gigante.
Griegos y troyanos fundaron muchas ciudades en Galicia, tales como Anfiloquia (actual Orense) o Tyde, (la actual Tuy), pero en el promontorio de los Artabros, actual cabo de Finisterre, fundaron un gran templo dedicado al Sol y la misteriosa ciudad de Dunyo, que luego desaparecería sepultada por las olas del océano. Sabemos por autores clásicos que aquel templo era ya lugar de peregrinación desde muy antiguo, y en él, sobre un gran altar de pizarra, se encontraba un gran cáliz de plata sobre el que estaba suspendido un sol de oro, tal como figura en el actual escudo de Galicia.
Pero todas estas tradiciones y caminos mágicos de Galicia, al igual que sucediera con san Patricio en Irlanda, se empapan del cristianismo gnóstico que, procedente de África, se extiende por el verbo y la magia de Prisciliano, que, nacido posiblemente en Iria Flavia, fue menos político que el santo irlandés y lo decapitaron en Tréveris en el 385 d.C. junto a sus discípulos. Sus restos, llevados posteriormente a Galicia, dieron lugar al misterio de la tumba de Compostela, pues muchos aseguran que quien allí está enterrado es nuestro heresiarca, y si el cristianismo niceno propugnado por Roma se instaló en Galicia, no fue sino a costa de la persecución y la sangre de los priscilianistas, y de la sustitución de la figura de Prisciliano por la del apóstol.
Durante miles de años, pueblos y personas buscaron un misterio en las orillas del Mar de los Muertos, en lugares como la vieja Noya, donde dicen que desembarcó Noé escapando de un gran diluvio. Por el día, estas rutas eran señaladas por el discurrir del sol en su camino hacia occidente, y por las noches, las estrellas de la Vía Láctea señalaban el mismo camino.
En la tierra estas rutas las encontraremos siempre sembradas de megalitos y de templos de otras religiones posteriores, pero lo que nos asombra es que, a pesar de los distintos vehículos en los que se manifiesta, la tradición es siempre la misma, una tradición mágica y secreta que se expresa en un conocimiento que misteriosas cofradías de sabios maestros constructores fueron trasmitiendo durante siglos.
Dicen que esta tradición arranca de la misma Atlántida antes de su desaparición, y que fue la que habló a través de los milenarios megalitos y de los misteriosos petroglifos, la que mezcló el rumor de los pinos con la voz de los druidas, la que encarnó en las venus que presidían los cabos de Galicia, quien alentaba en la “herejía” de los priscilianistas, y quien convirtió los caminos de LUG en los caminos secretos de la hermandad de la “oca”.
Siempre fue la misma y secreta tradición la que empujó a hombres y pueblos a buscar en el lejano occidente el secreto de sí mismos, el secreto de Dios en las orillas del Mar de los Muertos.
Y seguro que a muchos de ellos, la canción que interpretan las olas de aquel antiguo mar despertaba en sus almas el eco lejano de otro camino ya lejano y olvidado, el camino hacia nosotros mismos, el camino hacia Dios.

JOSÉ ALBERTO GARCÍA