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 “En realidad, el odio no cesa con el odio, sino que cesa con el amor; esta es una verdad eterna” (Dhammapada, La Senda de la Ley).



Sidharta Gautama, el Buda, se llamó así por ser el primero su nombre personal y el segundo, el sacerdotal. La palabra Sidharta devendría de sus poderes paranormales y se refiere a los sidhis; es “el Poderoso”, aquel que se ha completado a sí mismo. Gautama tiene el significado literal de “Pastor de vacas”, pues en el hinduismo, la vaca Go es sinónimo del universo y también de la Madre del Mundo.

Buda significa “el Iluminado” y es un calificativo genérico otorgado a muchos grandes místicos anteriores y posteriores a él.

En Buda, al igual que en los grandes Maestros de la Antigüedad, se van a mezclar el mito y la realidad. Nació de familia noble, de la casta chatrya o guerrera, en el actual Nepal, en el año 563 a. C. Su padre fue el rey Suddhodhana, y su madre, la princesa Maya.

Sidharta mostró de niño un carácter introvertido y meditativo, y su padre quería alegrarle y evitar que abandonara el mundo por piedad hacia los hombres. A su paso, todo resplandecía de felicidad, juventud, salud y riqueza.

Un día el Maestro Viswamitra ya no tiene qué enseñarle y el joven insiste en visitar una ciudad de su reino. En esa salida encuentra a un anciano, un enfermo y un muerto y, ante la pregunta a su auriga sobre quiénes son estos personajes, este le explica que nadie está a salvo de la enfermedad, y que la vejez y la muerte son el fin de todos los hombres. El príncipe entra en una profunda crisis y pregunta al auriga: ¿por qué existen viejos, enfermos y muertos?

Como nadie puede contestarle a estas preguntas, se entrega entonces a un interminable peregrinar y cae en los más terribles ascetismos. Finalmente, se dará cuenta –sentándose bajo el árbol Bodhi, el Árbol del Conocimiento– de que debe evitar los extremos.

Nada más alcanzar la Iluminación marchará hacia Benarés, donde pronunciará el famoso sermón que recoge la esencia de la doctrina budista, basado en que hay dos extremos que deben ser evitados: el excesivo rigorismo y los excesivos placeres.

Expuso que hay 4 Nobles Verdades: la existencia del dolor, la causa del dolor (el deseo), la cesación del dolor (el desapego) y el Noble Óctuple Sendero.

El Noble Óctuple Sendero consta de: rectas opiniones, rectas intenciones, rectas palabras, recta conducta, rectos medios de vida, recto esfuerzo, recta atención y recta concentración.

La doctrina budista se basa en la autorrealización del hombre. No existe en el budismo la idea de una “salvación” ni tampoco la de un Dios personal. El hombre está atado tan solo por su ignorancia, que le hace equivocarse y reencarnar una y otra vez buscando la experiencia que le falta. Dios no baja hasta los hombres, sino que estos deben elevarse hasta lo divino, donde la luz es permanente y los lotos no cierran sus pétalos (nirvana o San-gri-lah). El Dammapadha nos dirá: “Es más fuerte el hombre que se vence a sí mismo que el que vence a mil hombres en combate”.

Nirvana significa, literalmente, “salir del bosque”, o sea, salir de la confusión, las tinieblas y la pluralidad. Es la meta última del hombre como tal.

Para el Buda, la personalidad, o parte inferior del ser humano, es mortal por necesidad, pues está en el tiempo y todo lo que nace debe morir. Lo inmortal es el espíritu, que está más allá del yo mental egocéntrico y egoísta. El verdadero triunfo no radicaría, según la doctrina budista, en dominar solo el cuerpo, sino el pensamiento y el separatismo del yo, tú, él, etc. 

En sus veinticinco siglos de vida el budismo ha demostrado una gran capacidad de supervivencia y, salvo el ya muy lejano momento de Asoka, podemos afirmar que es la forma de fe menos inclinada a la violencia y al dominio del mundo material y las riquezas. Salvo excepciones, no se mezcló ni se mezcla en cuestiones políticas, pues prima el viejo espíritu de lo pasajero de las cosas y de la búsqueda individual de una paz interior, unida a una gran humildad.

El Señor del Loto transmitió a la posteridad la religión que menos sangre ha hecho verter de todas las que conocemos. Y aunque fuese nada más que por eso, merece nuestro reconocimiento.


Xima Moreno