40 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE UN SUEÑO

“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”     M. L. King
  
Hijo mayor de un ministro baptista, Martin Luther King nació en Atlanta (Georgia) el 15 de enero de 1929. Ingresó en el Morehouse a los 15 años y fue ordenado ministro baptista a los 17. Pero las primeras lecciones las aprendió en la calle. Él mismo narra después cómo tomó conciencia  del color de su piel y de lo que significaba ser negro en los años 30.
“Durante tres o cuatro años mis compañeros inseparables fueron dos muchachos blancos cuyos padres poseían tiendas en la misma calle donde tenemos nuestra casa en Atlanta. De pronto, algo empezó a suceder. Cuando cruzaba la calle para reunirme con ellos, sus padres me decían que no podían jugar. No eran hostiles, se deshacían en excusas. No podía aguantarme más e interrogué a mi madre.”
“Nunca he podido acostumbrarme a las salas de espera separadas, a las salas de descanso separadas. En parte, porque la separación no era en igualdad de condiciones y porque nada hería tanto mi sentido de dignidad y del respeto como esas ¡separaciones!”.  
En 1951 se graduó en Teología. En esta época comienza a profundizar en las ideas de Mahatma Gandhi, las cuales se iban a convertir en el centro de su propia filosofía de protesta no violenta en América.
  
Su lucha comienza después de un incidente protagonizado por una mujer negra en Alabama, que fue arrestada por negarse a ceder su asiento a un hombre blanco en el autobús. La segregación racial en Alabama era estricta en el transporte público; los negros debían sentarse en la parte de atrás y ceder su asiento a los blancos.
  
Martin planea el boicot al servicio público de autobuses de Montgomery, de manera que ninguna persona negra viajaría en autobús. Se desarrolló como un acto pacífico de protesta que dio a la comunidad negra un sentimiento de fuerza y unidad. La protesta duró 381 días, en los que Martin fue arrestado y encarcelado, su vivienda fue destrozada y recibió muchas amenazas contra su vida. El Tribunal Supremo ordenó la prohibición de la segregación en el transporte público de la ciudad.
  
Entre 1957 y 1958 recorrió miles de kilómetros dando discursos por todo el país. Podía pasar una semana en la cárcel por su lucha por los derechos civiles y a la semana siguiente ser una distinguida celebridad en Nueva York, firmando ejemplares de su libro “El paso hacia la libertad”. Precisamente, firmando ejemplares de su libro sufrió un atentado por parte de una mujer que le clavó un abrecartas en el pecho, del que logró recuperarse.
  
En 1959  realiza una visita a la India, donde pudo desarrollar más claramente su comprensión del satyagraha, principio de persuasión no violenta de Gandhi, que Martin se había determinado a utilizar como principal instrumento de protesta social.
Después dirigió la histórica marcha sobre Washington (28 de agosto de 1963), que conmemoraba el primer centenario de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Aquí pronunció su famoso discurso “Tengo un sueño”, en el cual imagina un día en que “los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos se puedan sentar juntos a la mesa de la fraternidad”, un día donde sus cuatro hijos no sean “juzgados por el color de la piel, sino por sus rasgos de personalidad”, y donde “los niños y niñas negras puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas..., como hermanos y hermanas”. 
Aquel día muchos periódicos publicaron que King se había convertido en el presidente extraoficial de la América negra.
 
En 1964 recibía el Premio Nobel de la Paz con 35 años. Desde entonces, se dedicó a conseguir el derecho al voto de los negros de Alabama. También se opuso a la guerra de Vietnam, a la que consideraba la causante de los problemas locales en las relaciones humanas, cosechando muchos ataques y críticas por esta actitud.
 
Muchos atentados contra su vida precedieron al definitivo, el 4 de abril de 1968, en que segó su existencia a los 39 años un matón a sueldo mientras se encontraba en Tennessee.
 
Su vida fue un ejemplo de valor y fortaleza, pues realmente hace falta mucha fortaleza para no ceder a la tentación de la violencia cuando esta se ejerce sobre el propio pueblo y sobre uno mismo.
 La lápida de su tumba resume su más intensa añoranza: “Libre al fin. Gracias, Dios Todopoderoso, soy libre al fin”. 
Fue el fin de un hombre, pero no el de su sueño: la llegada de un día, aún lejano, en el que el odio y la maldad no aniden en el corazón de los hombres. Había nacido una leyenda.
                                                                                 
 Julián Palomares