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VIGO: LA CIUDAD OLIVICA

Desde los tiempos más antiguos, los árboles han estado relacionados con la humanidad y con las fuerzas místicas de la naturaleza. El árbol de la vida es el símbolo por excelencia del universo, árbol invertido cuyas raíces se hunden en los tenebrosos abismos del eterno ser, y cuyos frutos son el universo manifestado.
No ha existido en la Antigüedad pueblo o nación que no haya tenido su árbol sagrado, con sus peculiares características o atributos basados en sus propiedades naturales y, a veces, en sus virtudes mágicas. Bajo sus ramas se han celebrado siempre los ritos e iniciaciones más secretas, y aún no hace mucho tiempo, bajo las ramas de algunos de estos centenarios árboles plantados a las puertas de las iglesias, era costumbre en los días de fiesta que las gentes del pueblo se reunieran bajo sus ramas para tratar los asuntos más importantes de la comunidad.
Como ejemplo de algunos de estos árboles sagrados podemos citar el AZVHATA, árbol sagrado en la India, símbolo del conocimiento y del Ser Supremo, que luego se convertiría en al árbol “BO” de los antiguos budistas.
El YGGDRASIL, fresno sagrado de los antiguos escandinavos, cuya rama superior daba sombra al Walhalla.
El ROBLE sagrado de los druidas, cuyas ramas cobijaron sus más secretos ritos en las profundidades de los bosques europeos.
El fúnebre CIPRES, árbol sagrado para los antiguos mexicanos, y que en la actualidad es entre cristianos y musulmanes el árbol de la muerte, de la paz y del reposo. Hasta el Génesis asegura que en el centro del Paraíso crecía el sagrado árbol de la ciencia del bien y del mal. También entre los Indios norteamericanos, el “pueblo de árboles” era considerado como el compañero y amigo espiritual más importante del “pueblo de los hombres”.

EL OLIVO

Es el árbol de la paz, la fecundidad, la victoria y la recompensa.
En Grecia estaba consagrado a la diosa ATENEA y crecían en abundancia en el llano de Eleusis, estando en relación con los misterios eleusinos. Quien dañaba alguno de aquellos olivos comparecía inmediatamente ante la justicia. En todos los países europeos y orientales reviste las mismas características.
En Roma estaba consagrado a JÚPITER y a MINERVA, y en Japón simboliza la amabilidad y la victoria.
Entre judíos y cristianos es el símbolo de la paz. Al final del diluvio, la paloma de Noé trae también una rama de olivo y, según una antigua leyenda la cruz de cristo estaba construida con madera de cedro y de olivo.
Para el islam es el árbol central, el eje del mundo, el símbolo del hombre universal y del Profeta.
También Jesús, el Cristo, pasó su iniciática noche antes de su sacrificio bajo las ramas de un olivo.

VIGO Y EL OLIVO

A Vigo se le conoce como la ciudad olívica, y este, posiblemente, sea el origen de la tradición que asocia el olivo al escudo heráldico de la ciudad.
En el siglo XIV d.C. los monjes de la Orden del Templo de Jerusalén (templarios) tomaron posesión del antiguo templo dedicado a Santa María, y en su atrio plantaron un olivo. Con el tiempo, los templarios desaparecieron de Vigo pero el olivo quedó.
En 1816 el viejo templo es derribado para construir el nuevo, de estilo neoclásico gallego, que puede verse junto al mercado de la Piedra, y el olivo desapareció. Don Manuel Ángel Pereyra recogió un esqueje de aquel árbol, y así este pudo sobrevivir. Sus descendientes lo plantaron en el paseo de Alfonso XII, donde puede verse actualmente.
Pero a uno siempre le quedará la duda de si los templarios trajeron el olivo o lo adoptaron por tener ya este un carácter sagrado para la ciudad.
Acercaos al “paseo de Alfonso”, y bajo sus ramas mirad esos atardeceres luminosos y mágicos, en los cuales el último sol se hunde en el mar tenebroso tras las Cies, desgranando toda una sinfonía de colores y paisajes que parecieran ser pintados por ángeles.
Tal debió de ser la belleza espiritual que los hombres del pasado vieron en Vigo, que la llamaran “Ciudad de la Oliva”. Por esta razón debemos recordar hoy en este mundo sin sueños y sin esperanza que, cuando un pueblo se queda sin tradiciones, se convierte en un pueblo muerto.


JOSE ALBERTO GARCIA

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